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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Intensidad

En la noche, vivir en la noche. Pero en la noche huimos. ¿O acaso no tenemos ya nostalgia?

La sociedad nos muestra un vacío, una falta absoluta de continuidad de cara a todo proyecto emancipatorio. ¿Cómo salir de nosotros mismos; atrapados por el yo y el ello? Hay una fuerza invisible que todo lo puede: recibe el nombre de esperanza.

¿Cuantas veces has vivido, pensado, soñado desde la noche y por y para la noche? La noche es la esperanza porque es el movimiento, lo irreal desplazado a un lugar sin espacios. Sólo en la noche las campanas dejan de sonar; y todo vuelve a la normalidad. Todo vuelve a la vida: al ser para la muerte.

Solo en la noche aparece la justicia. Es de dia cuando aparece la nostalgia.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Interludios: a la busca del sentido / conversación que se aproxima a la muerte

*creo que en mi vida cada vez me volveré mas huraño
sí continúo siendo como soy ahora
*porque no puedo evitar sentirme en conflicto con los relativistas
y esta sociedad es extremadamente relativista

¿cuál es el límite de la crueldad cuando deseamos que alguien nos ame?
Yo sabía que ella había estado intentando evadirme, sabía que había intentado amarme, besarme, abrazarme, reírse de mí o asesinar sus recuerdos para conmigo.
Yo sabía que ella necesariamente tenía que sentirse como se siente Dios cuando ama a sus hijos, quizás incluso por encima de lo divino, puesto que Dios solo nos ama racionalmente.
Lo que no sabía es que tenía que comportarme de una determinada manera para demostrarle a ella que no podía ser sin mí, puesto que no podía retenerla de ninguna otra manera.
Lo que tampoco sabía es que he estado derrochando el tiempo en esta única vida en la que puedo estar seguro de vivir odiando sin razón y desamando lo amado por miedo, pero no importa, ¿qué importa? tempus fugit

El miedo es lo que nos reprime, lo que nos hace débiles, nuestro peor enemigo, y es lo irracional.
Sí no existe moral por encima de mi, ¡que me lleven al infierno! No soporto tener tanta voluntad de poder. Quiero, deseo, un sentimiento, que me ate a ella, que me impida moverme sin que ella lo diga.
Si no existe vida mas allá de la muerte no importa. No quiero tener que cargar con el fracaso en otros mundos. Sí algún día deseo profundamente morir ¡que me encierren!, pues habré olvidado que incluso el sufrimiento de tu perdida es hermoso.

¡Qué sera de mí, pobre mortal! Sí pudiera amarte eternamente aunque no tuviera respuesta no dudes que lo haría. Pero, ¿acaso puedo yo tentar a la muerte? Sí pudiera creer en la resurrección de la carne que dichoso sería. Pero yo soy un hombre sin fe. Un apátrida. ¿Donde estaría Dios en un mundo – por supuesto ficticio – donde solo existe la desgracia de mi persona? Mi amor es una negación de la divinidad porque ya no cabe mas amor, no, esta negando.

Ya no existen pruebas. Ya todo es fruto del azar, de la casualidad. Ahora el sentido de la vida pasa por ser un fin de semana pasado por narcóticos y tranquilizantes. Mañana quien dirá. Hoy ya nadie, no. Ayer, ¿quién sino una voz? ¿quién sino la madre tierra? / ¿Qué estamos haciendo? Condenarnos. Gracias a Dios que es una cuestión temporal. Gracias a Dios que existe la muerte.

Todo lo que se refleja en las palabras índica posibilidad, infinita posibilidad, extrema. Sin esta posibilidad lloraríamos a nuestro destino trágico. Pero el fin último es siempre el último. Vivimos porque morimos.
La rueda trágica es ahora una salvación puesto que no osamos ser inmortales. ¿Quién quiere ahora la piedra filosofal? Los ricos de espíritu, los irascibles, los que no lloran, los que no tienen hambre ni sed de justicia, los inhumanos, los impuros de corazón, los que trabajan por la guerra, los perseguidores de los justos, todos los que no luchan por una causa última ex nihilo. / O quizás sean los otros. En cualquier caso es la peor decisión. Decisión irrevocable, última.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Interludios: rutinas

A veces hay sensaciones que son como de vacío. No sabemos muy bien que nos aportan o que no. Simplemente están. Aparecen un día por alguna extraña circunstancia y permanecen allí tal vez hasta el final de la vida, o tal vez no duran mas de lo que dura un beso. Quiero decir que acaban en ese preciso instante. Y es que uno no sabe muy bien cuando ama algo, cuando lo odia, o cuando sencillamente le es indiferente. Creo que para diferenciar categóricamente estos tres sentimientos podríamos pensar en lo que nos motiva día a día. Nada más importante que la rutina; entrañable. Sin ella no podemos apreciar un viaje; una cerveza en día de lluvia a las diez de la mañana porque ya llegamos tarde a clase; una mirada descuidada a los ojos de aquella bella dama que resultaron coincidir aquel largo domingo de octubre con los de su mirada; un canuto de hierba en época de cosecha porque después se acabaran; un billete de cinco, diez o veinte euros que encontramos en el suelo pegado a un coche en aquella extraña calle por la que nunca pasa nadie y por lo cual no tenemos la obligación moral de devolverlos ya que no sabemos a quien pertenecen; y un largo etcétera de casualidades que nos pasan para que podamos recordar y contar a los amigos. Sin ella no podemos odiar a nuestro jefe, al presidente de gobierno y/o al líder de la oposición, a esa vieja vecina que siempre se queja porque no le gusta el volumen al que ponemos nuestros queridos vinilos de Pink Floyd o a nuestra madre por alargar sus conversaciones telefónicas cuando estas harto de hablar. Sin ella no podemos ser indiferentes a las docenas de miles de muertos que cada mañana de algún mes del año nos encontramos en la televisión por alguna guerra o catástrofe natural que ocurrió muy lejos de nuestras casas y por lo cual pensamos que nunca nos afectará.
Y así vamos de rutina en rutina: lloramos cuando somos pequeñas criaturas, jugamos cuando somos niños, trabajamos o vagabundeamos el resto de nuestra vida, y si llegamos a ser ancianos nos detenemos a ver las obras de la capital, a cosechar nuestro huerto de zanahorias, a jugar nuestra partida de tute o a predecir el tiempo que hará en treinta minutos mientras nos quejamos de la articulación de la rodilla. Todo esto me recuerda a aquel emotivo final que nos dejaba F. Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby: “Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros... Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos más de prisa, abriremos los brazos, y... un buen día... Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

martes, 6 de octubre de 2009

Interludios: personas solitarias

Escribo estas reflexiones en prosa bajo demasiada luz. Siempre es demasiada luz cuando se trata de luz artificial. Me encuentro algo cansado, pero ya va siendo algo personal frente a este mundo. Me encuentro con que pienso demasiado, respiro demasiado, escribo demasiado poco y me considero demasiado a mí mismo. Sí digo todo esto es porque ahora lo pienso, ya que mi realidad siempre es esa de prisas, de desengaños, de arenas movedizas. Si analizo ahora lo que quiero es paz, paz, siempre paz. Creo que eso nunca cambia. No es nada más que tranquilidad (en el fondo: aislamiento). ¿Y, por qué tengo que sentirme culpable?

Hoy la realidad es bella, dulce cisne. Pero, yo a veces me aburro.
Hoy el día amaneció sin nubes, de color azul. Y no he prestado atención.
Hoy la felicidad me atrajo porque encuentro algo de rutina.
Hoy.. hay tantas cosas que decir que nunca voy a decir.

Me estoy matando porque no quiero morir en vuestros corazones. ¿Es tan extraña petición el querer ser uno mismo? Para eso necesito ser extremadamente libre. Por eso os incito al olvido. No quiero haceros sufrir, porque os quiero. Pero no hagáis caso. Todo es una broma; una indescriptible broma llamada vida.